Invenciones del paisaje

by I.G.

Claude Gellée (o Claude de Lorena) nació en el norte francés y vivió gran parte de su vida en Roma, donde murió. Sus biógrafos dicen que llegó allí como pastelero o ya como pupilo en un taller de arte. Como llevó siempre una vida frugal pudo sobrevivir sin angustia a sus primeros tiempos de penuria y vivió sin preocupaciones los años que siguieron al éxito. Era solitario, aunque mantuvo una amistad permanente con Nicolas Poussin.

Salía de su casa en la mañana temprana y en el atardecer, avanzando por las riberas del Tíber para captar en un bosquejo la luminosidad de aquellas horas. Componía después sus cuadros con parsimonia. Cuando tuvo más éxito comercial y la demanda de sus clientes- Felipe II, el papa, hacendados de Inglaterra o Alemania- era tal que sus obras ya no se ofrecían a la venta, pintaba quizás tres cuadros por año. Eran paisajes imaginados, combinaciones de elementos que había observado y a los que daba en su taller el tono que debía de tener la arcadia.

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Sus figurines humanos no tienen importancia, procedieran de la historia de los mitos o fuesen representaciones pastorales de campesinos. Fueron sus paisajes los que cautivaron a los hacendados británicos que hacían escala en Roma como parte del Grand Tour, del viaje iniciático por el mundo clásico antes de regresar a casa. Gran parte de su obra terminó en colecciones británicas. Un siglo después de su muerte, la gente pretenciosa utilizaba ‘el cristal de Claude’ para observar un cuadro o un paisaje con la pátina del francés.

El banquero Hoare fue el primero en crear en su jardín de Stourhead un paisaje inspirado por los de Claude tras conocer su obra en Roma y comprar algún cuadro.

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En el final del siglo XVIII, el movimiento de ‘Lo Pintoresco’ reivindicó la idealización de la naturaleza por Claude Lorraine frente a las curvas y parterres dramáticos del gran fabricante de jardinería paisajística inglesa, Lancelot ‘Capability’ Brown. Uno de los pintorescos, Thomas Jones, llevó a la práctica sus ideas en su hacienda de Hafod.

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El movimiento de lo pintoresco fue desacreditado después. Pero sobre el paisaje, tan sustancial para el embeleso en la patria propia, había quedado la huella adicional de un francés que cambiaba de lugar, siguiendo los dictados de una imaginación solitaria, árboles o puentes que encontraba en sus paseos por las afueras de Roma buscando un instante de luz.