Las palabras de Margallo

by I.G.

Unos comentarios del ministro José Manuel García Margallo al Financial Times han causado reverberaciones aquí y allá. El elogio de la viceministro principal de Escocia, Nicola Sturgeon, y la crítica de Arcadi España muestran que no leyeron El Diario Vasco del 20 de febrero de 2012. Margallo ha dicho lo mismo cada vez que se lo han preguntado.

Sturgeon lleva el ascua a su sardina- celebrando que España no vaya a impedir la continuidad de Escocia como parte de la UE, algo que Margallo no dijo- y Espada se queja de que el ministro “no impugne, ya que no en la forma, en el fondo” la convocatoria del referéndum en Escocia.

Escribe también Espada:

Cuando Cameron acepta negociar la celebración de un referéndum (negociación para la que no es preciso cambiar una inexistente constitución británica: y esta sí es la gran diferencia con Cataluña) no actúa en nombre del interés europeo, sino en el del exclusivo interés interno.

Hay error en esa idea de que Reino Unido no tiene constitución. Sí la tiene, una suma de leyes que definen la estructura del estado y que son promulgadas o modificadas según la conveniencia o voluntad del momento. Lo que no tiene es un texto único al que se llame la Constitución. Ese sistema ha dado al país una notable capacidad para adaptar su forma de gobierno a diferentes circunstancias preservando la libertad.

Ha seguido así su ‘interés interno’, que yo no opondría a un ‘interés europeo’, porque no puedo entender éste como enteramente contradictorio con los intereses de sus partes.

Me choca aún más esta afirmación sobre Cataluña y Escocia:

Uno y otro proyecto comparten su raíz, esto es, dotar de Estado a lo que ellos llaman su nación, negando con el propio ejemplo la posibilidad de que convivan bajo una misma estructura estatal comunidades con alguna forma de diversidad cultural. Escocia, así, reacciona contra lo mismo que lo hace la reaccionaria Cataluña: contra la Europa fundada bajo el principio de que la identificación obligatoria entre naciones y estados es una idea peligrosa, ineficaz y hasta indecente.

¿Ese es el principio fundacional de la Europa unida? He tenido que releer los principios del Tratado de Roma que funda la CEE para comprobar que nada parecido a lo que Espada dice aparece allí. Lo más relacionado es esta frase en el primer apartado del artículo 17, sobre Ciudadanía de la Unión: “La ciudadanía de la Unión será complementaria y no sustitutiva de la ciudadanía nacional.”

La nación, concepto que yo tengo por inservible para cosa ajena al sentir, se invoca con frecuencia en los discursos políticos de los líderes de todos los estados. Por ejemplo, en este discurso de Margaret Thatcher y en este de David Cameron. Tony Blair habla aquí del futuro de la nación y Gordon Brown de la necesidad de una identidad nacional en momentos difíciles.

El Partido Nacional Escocés lo lleva en su nombre y el nombre completo del que gobierna en Londres es Partido Conservador y Unionista, que también alude a una idea de la nación.

¿No es precisamente el deseo de los independentistas escoceses, o el de los catalanes, de seguir perteneciendo a la UE el que impide la deriva etnicista de los nacionalismos?

La ebullición actual en la política de ambos lugares- que, según los sondeos escoceses, se resolverá por un sobrio cálculo sobre si la idependencia producirá más o menos renta- incluye elementos xenófobos, claro. Al fin y al cabo, la primera función del estado es reclutar un ejército y establecer por ley quién tiene derecho a residir allí y a la protección por sus armas de la invasión extranjera. Quienes quieren crear uno nuevo no podían ser distintos.

Pero dentro de la UE el movimiento de personas es libre y, por tanto, la diversidad es inevitable, incluida esa ‘diversidad cultural’, aunque con los límites establecidos por el club de los intereses europeos. Es precisamente la existencia de la UE en el fin de la Guerra Fría la que hace viables estas escisiones, porque tendrían muy leves consecuencias. El ciudadano de la UE gozaría de la misma libertad que hoy tiene para elegir en qué país le dan la murga patriótica.

Las afirmaciones del ministro Margallo me parecen irreprochables. Dijo que España no va a interferir en el referéndum escocés y añadió que considerará la inclusión de Escocia en la UE si es legal.

Añadió algo que Nicola Sturgeon prefirió no mencionar:

Deben obtener la condición de candidato, hay que negociar 35 capítulos, debe ser ratificado por las instituciones de la UE, y después debe ser ratificado por 28 parlamentos nacionales.

¿Qué sucedería cuando, tras un voto favorable, Escocia negocie su pertenencia a la UE? Es un asunto ya debatido en la campaña. Margallo reitera la posición del gobierno británico y de la campaña por el ‘no’. El gobierno escocés y algunos expertos en legislación europea creen que será una transición sin trabas.

Quienes defienden el argumento de Margallo están diciendo que, por primera vez en su historia, la UE expulsará a un territorio (que pertenece a la estructura de la Unión desde hace cuarenta años), que despojará de la ciudadanía europea a los escoceses, que convertirá de la noche a la mañana en extranjeros a los estudiantes Erasmus, que dejará sin cuotas pesqueras a las empresas europeas que faenan en aguas de Escocia, que suspenderá todos los programas ejecutados allí y congelará sus fondos,… Cuesta creerlo.

Ese insólito golpe de autoridad llegaría, además, meses antes de la celebración de un referéndum, en 2017, sobre la pertenencia de Reino Unido a la UE, si el partido Conservador sigue entonces en el gobierno.