Jeremy Corbyn

by I.G.

No he leído nada mejor sobre el líder del Partido Laborista que ‘The Candidate’, de Alex Nunns. No es una biografía sino el relato de cómo en el verano de 2015 el partido de la izquierda británica se encomendó a la guía de un político con una trayectoria de disidente contumaz durante más de tres décadas en la Cámara de los Comunes.

Nunns simpatiza con Jeremy Corbyn y siente desdén por el periodismo convencional que se publica desde el epicentro de Westminster. ¿Cómo es posible que tantos analistas diarios de la política británica no percibieran hasta que ya era un hecho que Corbyn ganaría las elecciones a líder, tras la derrota laborista en las generales de 2015 y la dimisión de Ed Miliband?

Absortos en la política intramuros del Gobierno y del Parlamento, no percibieron varios componentes de esa victoria, según el autor. No entendieron, en primer lugar, las consecuencias del cambio en las reglas internas para la elección de líder, que fue labrado en una atmósfera de desencanto recíproco entre los sindicatos y el laborismo de Blair y de su sucesor, Gordon Brown. El fin del voto por los tres colegios electorales (grupo parlamentario, sindicatos afiliados y miembros del partido) y la apertura a la idea de ‘un miembro-un voto’ produjo exactamente lo contrario de lo que planeaban sus diseñadores ‘blairistas’

No entendieron tampoco el giro a la izquierda de los sindicatos en los años ochenta y noventa. La quiebra del consenso sobre la política económica en el tiempo de Margaret Thatcher y la adopción por Blair de ideas similares sobre las organizaciones sindicales que fundaron el Partido Laborista parlamentario, dejó a los sindicatos sin ancla en el ‘establishment’. Los periódicos británicos ya no tienen corresponsales ‘industriales’ y ese abandono de la cobertura de las actividades sindicales los habría dejado ciegos para ver qué estaba sucediendo en el ‘movimiento laborista’.

El tercer componente me parece más incierto. Según el autor, los miembros del partido, que con el nuevo sistema tenían la última palabra en la elección, votaron por mayoría a Corbyn porque se habrían desplazado hacia la izquierda tras la crisis de 2008, y por la introducción de una política de austeridad fiscal que ha castigado en particular a los menos culpables de la crisis.

El Partido Laborista había perdido decenas de miles de miembros desde el entusiasmo militante de 1997, cuando la afiliación se multiplicó para apoyar la alternativa de Blair a la larga era conservadora. La desilusión (la guerra de Irak como factor muy importante) y la crisis habrían provocado la caída en la afiliación. Repuntó tras la grave derrota de 2015, antes de que el ‘fenómeno Corbyn’ haya hecho del Partido Laborista el mayor partido de Europa Occidental, con más de medio millón de afliados.

¿Se trata realmente de un giro a la izquierda o de una consecuencia de ese movimiento cíclico de la afiliación? Quienes mantuvieron su militancia a pesar de las desilusiones serán los miembros más comprometidos con el partido y con sus ideas, y quizás se puede aplicar un criterio similar a quienes se afiliaron tras la grave derrota de Miliband. Giro o selección natural, la mayoría de los miembros del partido votó esta vez a un líder de la izquierda laborista. Esa facción no dirigía el partido desde los primeros años ochenta.

El último componente señalado por Nunns es el auge de movimientos de base tras la crisis. UK Uncut, Occupy, People’s Assembly,… surgieron de la indignación y con estrategias y resultados diversos la expresaron antes de la emergencia de Corbyn.

Los periodistas de Westminster compartían su desatino con la mismísima izquierda laborista. El estado de los grupos que habían mantenido su llama en el partido- Campaign, Tribune, Labour Representation Committee,… – carecía de relevancia en el juicio de los medios. John McDonnell, el íntimo aliado de Corbyn, también lo consideraba catastrófico días antes de que su amigo lograra en el último minuto el mínimo de nominaciones necesarias para presentarse a la elección de líder.

Corbyn es un político de movimiento, más que administrativo o de ejercicio del poder. Ha apoyado desde el escaño, en manifestaciones y en reuniones multitud de campañas de organizaciones extraparlamentarias, especialmente las dedicadas a asuntos de ‘solidaridad internacional’. Gente variada ha visto en ese activismo laborioso y sin precio el ejemplo de una coherencia inmaculada que las burocracias del partido habrían perdido, al separar su política parlamentaria y mediática de las raíces sociales en las que el laborismo creció. Nunns destaca en este aspecto las críticas más toscas de los medios sobre las simpatías de Corbyn, pero no ahonda en las cuestiones de política internacional y doméstica que plantean la trayectoria política del actual líder del laborismo.

¿Hay un camino abierto para una política que, siguiendo los patrones clásicos del reformismo socialista desde el siglo XIX, quiere contraponer la fuerza de parlamentarios, sindicatos y movimientos sociales al poder tan dominante hoy de burocracias de partido asociadas con los intereses de grandes empresas?

La viabilidad de ese proyecto en este tiempo de desindustrialización en Reino Unido requiere la reversión de tendencias sociales profundas. En ‘Bowling Alone’, Robert Putnam describe la extraordinaria erosión del asociacionismo en Estados Unidos, con rasgos que son comunes a otras economías desarrolladas, y Ferdinand Mount se preocupa, en ‘Mind the Gap’, por la extensión de una sociedad atomizada e infantilizada ante la pantalla de televisión. Estudios sociológicos de la nueva militancia laborista han encontrado que su participación política se limita en muchos casos a firmar una petición o publicar un mensaje en Twitter o Facebook.

Este libro, que contiene páginas muy interesantes, ofrece una interpretación que parece lúcida sobre la marea de fondo que llevó a esta victoria de la izquierda laborista. La adopción del liberalismo económico por Blair y Brown habría permitido a la izquierda del partido defender políticas tradicionales de la socialdemocracia, con las que simpatizan laboristas y también gente independiente disgustada con la reciente deriva británica.

Pero la socialdemocracia no era el ideal de la izquierda laborista. Su ambición es algo acuñado como socialismo y que en sus variadas realizaciones concretas retrocede ahora en todo el mundo. Corbyn fue el único candidato que se esforzó para presentar documentos programáticos en una elección en la que los rivales, seguidores con variadas tonalidades de Blair y Brown, recurrieron a la jerga impenetrable con la que tantos socialdemócratas de hoy intentan disfrazar su desconcierto. Algunas políticas de Corbyn eran embrionarias y otras han sido abandonadas. Quedan las ideas de sostenimiento de los servicios públicos, nacionalización del ferrocarril, recuperación de derechos sindicales y estímulo fiscal de la demanda interna.

Las carencias de Corbyn como parlamentario y líder que aspira a ser jefe de gobierno son evidentes. La definición de una política socialdemócrata como ‘keynesianismo’ radical plantea múltiples interrogantes. Y sobre el laborismo ha caído ahora la medusa inasible del ‘Brexit’, en la que nacionalismo, política comercial, globalización, desindustrialización,… han fermentado en un no genérico al sistema.‏ ‘El Candidato’ cuenta cómo se gestó un cambio radical en el sistema político británico, antes de arrojarse a un mar de incertidumbres.

The Canditate, Alex Nunns, OR Books, 2016