Crónicas insulares

Opresiones

Soy consciente de mi natural hermosura pero aun así me sorprendió que la mujer, com varios tonos de rojo en labios y ropa, viniera hacia mí tan directamente y con tal sonrisa.

Estaba sentado, observando el paisaje desde una de las mesas del salón central de la vieja capilla puritana en la que se debatían durante tres días las nuevas ideas de la izquierda británica.

Me puse en pie para agasajar a la extraña.

– ¿Qué haces aquí?- me dijo.

Yo me había registrado como asistente pero, al llegar, las chicas de la mesa de organización a las que hice una pregunta y ante las que me identifiqué como periodista se movilizaron para que escribiera mi nombre en la lista de periodistas y me dieron una tarjeta de identificación, grande, roja con letras blancas, PRESS, que debía lucir en todo momento en la solapa.

– Soy periodista-, le respondí a la mujer entusiasta, señalándole la tarjeta de identificación.

– Sí, yo he trabajado en relaciones públicas y he debido de sentirme atraída al ver que eres periodista.

– No sé por qué nos obligan a llevar permanentemente esta identificación- le dije.

No es buena idea emitir alguna queja en los rituales del cortejo.

– Oh, yo creo que es un requerimiento legal- replicó ella-. Me parece recordar que en Inglaterra es ilegal que un periodista esté en una reunión de este tipo sin identificación.

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Liverpool, ciudad del mar

“Un dato esencial para el conocimiento della nostra cultura populare, camarada: los estibadores de Liverpool odiaban las naranjas de Sevilla porque tenían que desembarcar las cajas hechas con madera astillosa.”

La voz de Stephen Hayward resuena a menudo en mi recuerdo, casi un año después de su fallecimiento. La he echado muchísimo de menos en los avatares del Brexit. La he recordado también leyendo el último libro por él editado en Serif Books.

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‘Liverpool, City of the Sea’ es un libro excelente. Editado con el esmero que era el estilo de Stephen. Tony Lane cuenta en él la historia de la ciudad, de su auge como puerto comercial del Imperio, de su declive en el final del siglo XX.

Los grandes trazos son seguros porque el autor tiene una perspectiva más amplia que la historia local. Contempla Liverpool como buque insignia de una industria portuaria y de un tiempo británico que definen el mundo moderno y que en su repliegue dejan problemas económicos y sociales que son también los de buena parte de nuestro mundo contemporáneo.

A Stephen le gustaban los libros bien escritos y Lane es un escritor rico y austero. La documentación y la historia oral llevan al lector por los viejos muelles de granito guareciéndolo de la brisa del oeste, por mansiones, destinos exóticos, oficinas de los emporios mercantes y callejas desordenadas.

Retrato histórico, físico y humano de una ciudad, en el que Lane asienta estructuras firmes y en torno a ellas van desfilando gente de pompa, caridades y gobierno, y ‘los ‘otros’. Y un último capítulo que actualiza su primera edición, de 1987, y que presenta un mapa de las vicisitudes de hoy, en el que Lane pone el acento grave y bien argumentado en el largo plazo y en la educación.

Es un libro con una breve mención al fútbol, pero en el que emergen The Beatles como una pieza del rompecabezas, que el lector espera y que llega en el momento adecuado. Pero no es un recorrido sobre lo manoseado, literatura artificiosa sobre lo ya sabido. Es una guía que abre los ojos hacia lo peculiar de una ciudad del noroeste de Inglaterra, que explica su reputación como rebelde y pilla en el universo británico y su proyección hacia otros mundos.

A Stephen le gustaba editar libros de viajes, de cocina, de historia, de política,… con la convicción de que eran obras que sobrevirían al paso del tiempo. Si este lleva su último sello, es una despedida digna de su empeño.

Saga en Limón

A. me trajo ‘Limón Blues’ y al ver que, evocando a Julio Cortázar, los capítulos estaban numerados sólo con impares porque los pares corresponderían a la siguiente entrega, ‘Limón Reggae’, compré la continuación.

A. me lo regaló porque se lo habían recomendado y porque habíamos compartido un viaje por los lugares donde se desarrolla la trama.

Me ha gustado ‘Limón Blues’ más que la continuación, no sólo porque trata asuntos por mí más desconocidos. Limón es el principal puerto del Caribe costarricense, una amalgama de viviendas y poblaciones en torno al tajamar, el mercado y el movimiento de barcos, que trajeron esclavos africanos en los tiempos de la colonización española y más tarde jamaicanos de la corona británica (o jamaiquinos, en este relato) para trabajar en las plantaciones de banano y de cacao. Los ferrys que traen turistas se detienen brevemente. Limón tiene fama de ciudad peligrosa.

Rossi recorre las 427 páginas de ‘Limón Blues’ de la mano de Orlandus Robinson, un joven bello abusado por escoceses y expoliado por los pañas (los que hablan español y mandan en el país), con una madre que pudo ser alguien si no hubiese sufrido la fatalidad de casarse con un hombre débil y una mujer, Irene, cuya hermosura, buen sentido y sensualidad llevan al lector que no sea frígido a postularse como su amante. Me ha gustado la sexualidad intensa de los dos libros. Femenina y feminista, cálida, libre, exigente, delicada, reflexiva.

Ambos libros son muy políticos. El primero describe el devenir de Robinson, de su familia y de sus amigos en un Limón gobernado nominalmente por los pañas pero regido por los estadounidenses de United Fruit Company. El protagonista se convierte en el hombre de confianza de Marcus Garvey, líder real en el principio del siglo XX de una negritud caribeña, educada en las cortesías y valores de la era victoriana y luego decepcionada por la indiferencia de la metrópoli británica, que quiere extender su liderazgo a todo el continente y emanciparse mediante el regreso a una África ideal.

La combinación de personajes de la Historia con la ficción tiene muchos partidarios y también detractores. Chirría menos cuanto más remoto es el tiempo en el que transcurre la novela o más deconocida es la siempre difusa realidad. Rossi anota en el epílogo las fuentes documentales, que son extensas.

Un diálogo entre Garvey y Robinson ilustra el tono de ese tiempo y de la novela. El delegado en Limón quiere ser alguien pero no lo logra, según él, por ser víctima de la fatalidad. “Te equivocas y te engañas”, le dice Garvey clavándole un dedo en el pecho, “lo que tú sientes no es la fatalidad sino la impotencia.”

Ambición mesiánica, un idea infantil de la política y la corrupción no combinan bien para lograr las transformaciones concretas que llegan con la toma del poder y con su sostenimiento. Aún menos cuando el enemigo está dispuesto al asesinato, a la tortura, a la destrucción de los más elementales empeños mediante la infiltración y el boicot desde dentro de la organización.

‘Limón Blues’ cuenta parte de la historia de la Universal Negro Improvement Association and African Communities League (UNIA), pero no sería una buena novela sin personajes de carne y hueso, sin músicas y psicologías variadas y sutiles, y cuerpos que se desean, sin la inmersión cultural honda en las fuerzas divinas de la Regla de Ocha o el ritual elegante del baptismo, sin sueños y frustraciones, sin lluvias torrenciales en paisajes prodigiosamente bellos, asolados por la pobreza y la crueldad.

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Abrí las páginas de ‘Limón Reggae’ reconfortado por la presencia de un ya maltrecho Sam Nation, el hombre tan honorable en el tiempo de Garvey, en el desvelamiento del blues y del jazz. La ciudad baila ahora con el ‘beat’ de Bob Marley, el monopolio de la United Fruit ya no existe, los negros costarricenses han sido admitidos como ciudadanos. Pero Centroamérica, en la década de los setenta, es un enjambre de revueltas guerrilleras inspiradas en el extraño comunismo cubano y con el remoto apoyo de la agónica URSS, que el Tío Sam quiere aplastar sosteniendo a verdugos locales de brutalidad grotesca.

La protagonista es Laura, o Aisha. Es de origen árabe, su familia se ha empobrecido por una injusticia y quiere ser una mujer libre. Reúne características que ofrecerían una perspectiva idónea para el escritor, tal como recomienda el inglés Julian Barnes, abierto a todos pero siempre un marginado.

Laura enamora e irrita. Artista, amante, guerrillera, parece vivir bajo la guía de la dedicatoria de Rossi, “A todas las personas que alguna vez lucharon por la utopía o soñaron con ella.”

De nuevo cautiva la escritura rápida y rica en colores, aromas humanos y paisajes. Porque “siempre hay en Limón una luz que merece ser vista, hasta en los peores días de temporal”, como dice el viejo Sam Nation antes de morir.

La derrota es aquí igualmente absoluta, pero el dilema sobre fatalidad e impotencia, planteado por el diálogo entre Robinson y Garvey, se resuelve de manera diferente. Robinson no estaba equipado para confiar en su agudo sentido de la realidad e imponer su criterio cuandos sus empresas lo exigían. Laura, o Aisha, parece vivir atrapada por una ‘vegetación indisoluble’. La pulsión vital de la protagonista de ‘Limon Reggae’ parece llevarla hacia lo inextricable y la decepción trágica.

Atravesamos la peligrosa Limón en aquellos días con brío. Es ahora un nodo primordial en los conductos de la droga que llega desde del sur rumbo al norte y que destruyen en su recorrido la civilidad de Centroamérica y de buena parte del mundo. Hubiese querido quedarme. Pero no podía. El Liberty Hall que levantaron Robinson y los seguidores de Garvey ardió este abril.

Estas novelas de Anacristina Rossi me han llevado encantado de regreso a Limón. Y con ellas he añadido a aquella fascinación ante la belleza desolada el pasmo porque hayan pasado inadvertidas entre los españoles; que a la mujer de Orlandus Robinson, Irene, que creció en Cuba, no le gustaban, por su hipocresía y gravedad.

Rossi ha explicado en alguna entrevista que Alfaguara decidió no publicar en España la primera entrega. He leído la edición original por Punto de Lectura, parte también del grupo Santillana, que vendió Alfaguara en 2013 para reducir sus deudas. Alcalá, editorial jienense, publicó la segunda.