Crónicas insulares

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Philippe Sands visita Lviv

En los últimos días de octubre de 1998, la casa de los Sands en el elegante barrio de Hampstead tuvo un sobresalto. A Philippe Sands, profesor y abogado en tribunales británicos e internacionales, le preguntaron los representantes de Augusto Pinochet, arrestado por la orden internacional de detención dictada por Baltasar Garzón, si podía hacerse cargo de su defensa.

“Mi mujer me dijo que se divorciaba, si yo aceptaba”, recuerda. “Su abuelo, Federico de la Iglesia, fue militar de carrera en la Junta de Defensa de Madrid. Tras la guerra, la familia se dispersó por el mundo. Para la parte española de mi familia, el caso era importante”. No hubo divorcio. Días antes había dicho en la BBC que Pinochet no tenía inmunidad. Defender lo contrario hubiese sido embarazoso.

Un sistema judicial nacional persiguió hechos cometidos en otro país y logró por primera vez un veredicto favorable por delitos establecidos en la Convención Internacional Contra la Tortura. Sands representó finalmente al Observatorio de Derechos Humanos (HRW) y al Gobierno de Bélgica. Pero, ¿era justa la persecución de Pinochet por un país que amnistió delitos similares a los incluidos en la orden?

“Balzac dice que la ley es como una tela de araña, atrapa a los pequeños insectos pero los grandes y fuertes escapan”, recuerda Sands. “Que España le diga a Chile que no ha hecho justicia es un problema porque, ¿qué ha hecho España? Todos los procesados en la Corte Penal Internacional han sido negros y africanos, pero no tienen el monopolio de crímenes contra la humanidad. Todo empezó en Nuremberg. ¿Estaríamos mejor si no hubiese ocurrido? No. Estamos en el inicio de la era medieval de la justicia internacional. Llevará cientos de años.”

Es la respuesta de una persona que no se refugia en el maniqueísmo y la que cabía esperar del autor de ‘Calle Este-Oeste’, que ha traducido la editorial Anagrama. John Le Carré lo ha descrito como “un logro monumental”. Las ventas, las traducciones, premios y elogios se suceden desde que fue publicado. Su gestación se remonta también a Nuremberg y a lo que representó en el orden mundial.

Protagonistas

En 2010, Sands fue invitado a dar una charla en la Universidad de Leópolis, conocida como Lemberg, L’vov o Lwów cuando el poder de dictar su nombre fue alemán, ruso o polaco. El poder es hoy ucraniano y se llama Lviv. Tenía un interés profesional. Hersch Lauterpacht, al que tiene como “el más importante abogado en Derecho Internacional del siglo XX’, creador en Nuremberg del concepto de crimen de lesa humanidad, había estudiado allí.

Y también había sido alumno, en su escuela de idiomas y luego como estudiante de Derecho, Rafael Lemkin, el hombre que muchos años después, al encontrar a su asistente en el parque de Riverside, en Nueva York, de pic-nic con un joven amigo, le dijo a este que él podía decir ‘te amo’ en 21 idiomas. Lemkin acuñó el concepto de delito de genocidio.

Nadie en la facultad sabía hace siete años que se habían formado allí los dos abogados que crearon las bases del Derecho Penal Internacional en la posguerra. Sands tenía además un objetivo más íntimo. Su abuelo, Leon Bucholz, con quien había vivido temporadas en París, nació en 1904 en la entonces Lemberg. En aquel viaje iniciático encontró su casa.

La pesquisa emprendida a partir de aquella invitación se cuenta en un híbrido de quinientas páginas, que suman investigación forense, historia de hechos, juicios y leyes, biografías de los diferentes protagonistas, a los que se añade con un papel destacado Hans Frank, el abogado de Hitler que gobernó la Polonia invadida. No es un libro sobre el Holocausto- “es sobre identidad, memoria, silencio, justicia”, dice su autor- aunque el pulso de su inmensidad es el ritmo vital de la escritura.

“No nos persiguen los muertos sino los vacíos que dejan en nuestro interior los secretos de los otros”. Esa cita de los psicoanalistas Nicolas Abraham y Maria Török guía la búsqueda de Sands. Su abuelo nunca habló de lo sucedido en su ciudad natal. Se había exiliado en Viena, donde se casó con Rita, y ambos se reunieron finalmente con su hija en París. Una misionera, Elsie Tilney, transportó desde Viena a París a la madre de Sands cuando tenía un año, porque corría peligro en la Europa de aquel tiempo.

Silencios

Una elogiosa crítica del libro afirmaba que su autor se habría inspirado en el historiador Yosef Yerushalmi, que se preguntó “si el antónimo de olvidar no es recordar, sino justicia”. Leon Bulcholz, cuya entera familia había sido asesinada, cuyo paisaje humano en la infancia había sido borrado, guardó silencio tras lograr en Nuremberg algo que llamamos justicia.

“Mis abuelos eran muy diferentes. Creo que mi abuela, Rita, lo apartó de su existencia y se concentró en la vida cotidiana. Era una vienesa pura. Mi abuelo ve la llegada de los rusos a Lemberg-Lviv y se va a Viena. Creo que vivió con el recuerdo de Lviv cada día, sin decir nada. Era perseguido por ese secreto. Y creo que hizo de él una persona más profunda y más rica.”

Philippe Sands se asombra por no haber preguntado nunca a su abuelo por su madre y se excusa en que la infancia es un sentido del estar, que no interroga sobre el pasado. Su madre, Ruth, recuerda que un día le regaló un libro memorial con la lista de nombres de los muertos en Treblinka, un millón, y que luego le oyó llorar en otra habitación. “Contarte esto me causa tal pena”, confiesa Sands.

¿Había sido insuficiente la justicia? ¿Qué necesitaba? “Necesitaba muchas cosas. Necesitaba conectar con el pasado. No era un hombre religioso, pero al final de su vida rezaba cada día. Mi madre cree que no se había convertido sino que era su manera de conectar con un mundo perdido. Lamento que no sepa que he escrito este libro. No le gustaba la atención, pero le hubiese agradado saber que toda esta gente no ha sido olvidada”.

“Y necesitaba saber que sus hijos y nietos tenían una vida decente”. El autor de Calle Este-Oeste se levanta se su asiento y coge una foto de una estantería. “Aquí está, el día de mi boda, en Nueva York, con mucha familia española. Nombres, rostros, lugares, fechas. Las fotografías me dicen que está conectado, que esa boda es para él un sentimiento de que la vida continúa”.

A este libro que enlaza como una novela de suspense la indagación de la ley, del pasado y del presente le salió un apéndice, un documental, ‘Mi legado nazi’. En él, Sands conversa con Niklas Frank, hijo de Hans, el gobernador de Polonia, y con Horst won Wächter, hijo de Otto, gobernador de la región de Galizia que incluía a Lviv, y los acompaña en un recorrido por la comarca.

El primero se avergüenza de su padre, el segundo no acepta que el suyo cometiese atrocidades. La amistad parece quebrarse cuando visitan la fosa común de Zolkiev, ahora Zhovkva, donde están enterrados miles de judíos. “¿Quién tiene una vida más sencilla?”, dice Sands. “Horst no está atormentando, mientras que para Niklas cada día es doloroso, una batalla con lo que ocurrió ¿Se puede criticar a Horst? La vida es una lucha y la gente elige el camino que le resulta más sencillo. Son seres humanos diferentes y cada uno hace lo que hace por razones que son muy complicadas”.

Leyes e historias

Hans Frank fue condenado a muerte en el juicio de Nuremberg y ahorcado. Era la victoria legal de Lauterpacht, que introdujo el delito de crimen de lesa humanidad en el estatuto del tribunal internacional. Lemkin no logró que se aceptase el concepto penal de genocidio. Pero persuadió más tarde a la asamblea general de la Organización de Naciones Unidas para que lo adoptase.

Una trama que atraviesa ‘Calle Este-Oeste’ es la discrepancia entre el eminente catedrático de Cambridge, Lauterpacht, el hombre erudito y reconocido- aunque Sands lo describe como un ‘outsider’ en Inglaterra, reacio a expresar opiniones o emociones- y el febril Lemkin, a quien el autor elegiría como mejor compañía para una cena, “aunque después de tres o cuatro sería aburrido, por obseso”.

Sands simpatiza en el inicio con el criterio de Lauterpacht sobre el individuo como víctima del crimen. Pero cuando visita por primera vez la fosa común de Zolkiev acepta que Lemkin tenía razón, que la realidad es que esos muertos lo son por su condición de judíos. La experiencia profesional en los tribunales internacionales le ha devuelto a Lauterpacht.

“Para probar crimen de lesa humanidad tengo que probar que esta gente mató a un número grande de personas. Para un delito de genocidio hay que probar una intención de destruir un grupo en su totalidad o en parte. Tienes que encontrar las pruebas no solo del acto de matar sino también del motivo. Hay que confrontar pruebas de odio grupal o racial, que provocan sentimientos muy fuertes. Refuerzan el sentimiento de identidad grupal de las víctimas y de odio hacia los perpetradores. Es decir que, paradójicamente, el esfuerzo para probar el crimen de genocidio favorece las condiciones que intentaba eliminar.”

Pero la función de la Justicia no es promover una reconciliación sino castigar a los culpables: “Eso es debatible. ¿Cuál es el propósito de la justicia penal? Es castigar, es curar, es escribir historias que las personas puedan comprender. No soy un fetichista de la justicia penal, no creo que debamos tener juicios por el hecho de tenerlos. Tienes que mirar con perspectiva y preguntarte por qué esta gente hizo cosas terribles, cómo impedimos que se hagan y cuál es el papel de contar historias para lograr que le gente deje de hacer cosas terribles.”

“Puedes concebir un tribunal como un lugar donde se cuentan historias y donde otro grupo, los jueces, decide que esto ocurrió y esto no ocurrió, y todo eso tiene consecuencias”, prosigue. “Esas historias se escriben en papeles, que son leídos y se transmiten a sucesivas generaciones, y conforman una narrativa sobre los hechos de la Historia. Y es nuestro sentido de la Historia lo que nos lleva a no hacer cosas terribles”.

Ciudadano del mundo

En la muy bella Lviv, veinte o treinta turistas recorren ahora cada mes sus calles con los mapas del libro de Sands, que ha visto a la Universidad colgar grandes retratos de Lauterpacht y Lemkin, y al Ayuntamiento de la ciudad colocar placas con citas conmemorativas de lo ocurrido allí, en las que se sustituyen palabras incómodas por puntos suspensivos porque el pasado aún es problemático.

Sin embargo, en Londres, la guerra de 1939-45 es un orgullo y el Gobierno ha decidido hace unos días levantar un enorme memorial al Holocausto en un jardín anexo al Parlamento: “Las instituciones son muy selectivas sobre lo que deciden recordar”, afirma Sands. “¿Por qué Reino Unido, en 2017, decide construir un monumento como ese en recuerdo del Holocausto, pero no hay uno sobre el esclavismo o el colonialismo”. Ocurre esto en un país agitado por el ‘Brexit’.

Theresa May afirmó tras el referéndum que, “si te crees ciudadano del mundo, eres ciudadano de ninguna parte”. Philippe Sands le contestó con elocuencia: “Porque creo que no tiene ni idea de lo que estaba diciendo. Me parece ofensivo. No es una mala persona, pero es el tipo de cosas que decían los líderes fascistas de los años treinta. Va contra mi sentido de humanidad común, de que lo que ocurre en otros lugares me afecta, de que no vivimos solamente tras unos territorios vallados que llamamos países”.

Publicado en El Correo, 7.01.2017

El hombre que no inventó la Navidad

A Charles Dickens no le gustaba su padre, pero en 1843 tenía motivos para saber que había heredado rasgos de su carácter. Tras las penurias que le forzaron a trabajar a los 12 años pegando etiquetas en una fábrica de botes de betún o a vivir en direcciones y con anfitriones diversos, mientras sus padres se alojaban en la cárcel por no pagar sus deudas, el éxito como escritor no había eliminado sus preocupaciones con el dinero.

Con sus retratos de los debates parlamentarios en el ‘Morning Chronicle’ se había establecido como un joven a seguir y la serie mensual de ‘Los papeles póstumos del Club Pickwick’ maravilló a sus lectores. Proliferaron los clubes Pickwick, que reunían a caballeros en pubs para hablar de lo divino y de lo humano, inspirados por la tropa itinerante y humorística de aquella primera novela.

Aunque las siguientes no fueron recibidas con el mismo entusiasmo, tenía el porvenir asegurado, pero Charles había heredado de su progenitor, John, la confianza en que el destino proveerá los recursos que justifican vivir en el presente por encima de las posibilidades. No llegó a los extremos de su padre, pero le gustaba divertirse e impresionar a otros.

Viajero, sociable, encantado de recibir y de agasajar a sus amigos, Dickens había trasladado a su sufrida mujer, a su cuñada y a su creciente prole de la casa de Doughty Street -hoy convertida en museo dedicado a su memoria- a una mansión en los bordes del magnífico parque de Regent’s Park. Había regresado de su primera gira por Estados Unidos y necesitaba otro éxito y más dinero.

Un viaje inspirado

En un viaje a Mánchester, en octubre de 1843, encontró la inspiración. A Dickens no le faltaba conocimiento de la vida dura en las barriadas de la capital, pero la ciudad del norte era la primera que encarnaba la civilización industrial. Friedrich Engels había llegado un año antes y ya observaba los desgarros y horrores que describiría en ‘La condición de la clase obrera en Inglaterra’.

A su regreso de Mánchester, un Dickens conmocionado por lo que había visto escribió ‘Un cuento de Navidad’ en seis semanas febriles, y esa breve novela -como el ‘Manifiesto comunista’- que Engels y Karl Marx publicaron cinco años después- nunca ha estado fuera de catálogo. Se estrena ahora una película que cuenta aquel frenesí del escritor y su final feliz, ‘El hombre que inventó la Navidad’.

Hay lectores del cuento que han asociado al personaje central, Ebenezer Scrooge, con John Dickens, padre del autor. Pero este era más timador que tacaño, más parecido al Wilkins Micawber de ‘David Copperfield’. Scrooge no solo es avaro y rácano. Es un hombre sin afectos por lo humano, un patrón cruel, un tío que rechaza a su afable sobrino y a su familia, un disidente radical de la fraternidad navideña.

Dickens desvela el sueño de Scrooge en su Nochebuena solitaria con los fantasmas del Pasado, del Presente y del Futuro, le muestra su común humanidad de anhelos y temores con aquellos a los que explota o maltrata, y lo redime guiándolo hacia un espíritu navideño nada litúrgico, más bien pagano, a una celebración de «esencias humanas», según la directora del Museo Dickens, Cindy Sughrue.

El primer pavo

Fue tal el éxito de la novela que la gente que asaba ganso para el banquete navideño se pasó al pavo, porque Scrooge compra, en su urgencia por reunirse con el resto de los humanos, el enorme pavo que le queda al carnicero de su barrio. Y al niño callejero que le hace el recado de llevarlo a la casa de su secretario, a quien había explotado hasta ese día, lo envía allí en coche de caballos.

Dickens quizás provocó un genocidio anual de pavos, pero no introdujo el árbol de Navidad como se ha dicho. Le gustaba tanto el acebo que tenía siempre una rama sobre su mesa de escribir, pero el abeto navideño lo introdujo en la sociedad británica un alemán, el príncipe Alberto, marido de la reina Victoria. Entonces, ¿qué es eso de que Dickens inventara la Navidad?

Sughrue afirma que no era una celebración popular en la mitad del XIX. En la Escocia presbiteriana, donde caía bajo la sospecha de ser un ritual papista, se festejaba solo el nuevo año, el ‘Hogmanay’. De la celebración de la Epifanía, el 6 de enero, ya da cuenta William Shakespeare, que sitúa una de sus comedias en ‘La duodécima noche’.

La fiesta navideña era el 26, el ‘Boxing Day’. El origen estaría en las cajas con regalos -como las cestas navideñas- que los hacendados daban a sus sirvientes por atenderles en su celebración de la víspera. Familias ricas, o la del joven Dickens, anglicanos de clase media, sí se reunían en torno al banquete del día de Navidad. Su cuento extendió su popularidad como un estímulo de amor, compasión, alegría, generosidad…

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