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Distopías imperfectas sobre Trump

Los lectores de Estados Unidos han regresado a George Orwell. Keyhole ubica allí un tercio de las menciones en internet al escritor inglés en el mes de abril. La lista de artículos que citan a Orwell y su libro ‘1984’, detectados por el algoritmo de Google, muestra una frecuencia más alta en torno al día 4, cuando se proyectó ‘en salas de todo el mundo’ una película basada en la novela.

El interés se despertó el 22 de enero, después de que la asesora electoral de Donald Trump, Kellyanne Conway, interviniera en la discusión entre periodistas y el portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, sobre el número de asistentes a la ceremonia de juramento del nuevo presidente, afirmando que Spicer no había dicho falsedades sino que había expuesto ‘datos alternativos’.

También en el ‘doblepensamiento’ que el Partido Interior ha impuesto a los habitantes de la Oceanía orwelliana, dos más dos pueden ser cuatro o cinco, porque en la ideología del ‘Ingsoc’, acrónimo de socialismo inglés, la verdad es definida por lo que conviene a la oligarquía dominante. ‘Nineteen Eighty-Four’ se convirtió en el libro más vendido en Amazon en los primeros días de febrero.

Si ‘Rebelión en la granja’ es una fábula sobre el totalitarismo comunista en la Unión Soviética, en ‘1984’ Stalin es también la estampa omnipresente del Gran Hermano y su desterrado rival, Trotsky, el modelo para Goldstein, líder de una Hermandad clandestina cuya existencia nadie puede asegurar. Pero la fantasía política más popular en la historia de la literatura es genérica.

El Laborismo gobernaba por primera vez en mayoría cuando George Orwell pudo escapar, en 1947, de ‘la asfixia del periodismo’, gracias a las rentas de ‘Rebelión en la granja’. Su patrón, el director de ‘The Observer’, David Astor, le ofreció una remota casa rural en su hacienda en la isla de Jura, en el archipiélago de las Hébridas, para recobrar su salud y dedicarse a la escritura de su nuevo libro.

Recientemente enviudado, obsesivo, fantasmal, torpe para las cosas prácticas, ayudado por una niñera y su hermana, Avril, para cuidar de su hijo adoptivo, Orwell depuró en un año y medio acechado por la enfermedad su profecía de una sociedad sin leyes, adoctrinada y vigilada sin cesar por el Partido, que falsifica la historia hasta hacerla inservible o prohíbe el sexo que no persigue una reproducción sin afectos.

En la guerra civil española se unió a las filas del Partido Obrero de Unificación Marxista y en ‘1984’ el ‘trotskismo’ que inspiró a los fundadores del POUM sigue impregnando su pluma. El Gobierno de Clement Attlee instauraba la sanidad pública o la seguridad social, pero Orwell condenaba ‘la adicción al poder’ y en sus cartas especulaba sobre una moralidad personal como remedio a la corrupción de la política.

El único cambio auténtico podía llegar, según Goldstein-Trotsky y su admirador, Winston Smith, protagonista de ‘1984’, de los ‘proles’. Dependía de que ‘el 85% de la población’, los proletarios traicionados como seres inferiores por la burocracia del Partido- “duro trabajo físico, el cuidado de la casa y de los niños, peleas mezquinas con vecinos, películas, fútbol, cerveza y, sobre todo, las apuestas llenaban su horizonte”-, “tomasen conciencia de su fuerza”.

Lanza dardos a dianas del futuro: la programación cotidiana de tiempos para el odio, la perversión de una jerga política en la que paz significa guerra y abundancia es austeridad. En ‘1984’ hay un ataque a un bote de refugiados que tratan de cruzar el Mediterráneo y una queja sobre el uso del litro en lugar de la pinta, en los ‘pubs’ de los ‘proles’, se puede leer hoy, si se pone empeño, como anticipo del ‘Brexit’.

Pantallas

La popularidad contemporánea de las ficciones góticas sobre el futuro se inclinó ante la prosa ascética de Orwell en las listas de ventas y emergió una vieja polémica, que ya se manifestó tras la publicación de su última y más famosa novela y que reanimó en 1985 Neil Postman en ‘Divertirse hasta morir: el discurso público en la era del ‘show business”.

Su hijo, Andrew, escribió en febrero en ‘The Guardian’ que había anotado frecuentes menciones a la obra de su padre en la campaña presidencial y que sus amigos le felicitaban en Facebook: “Tu padre lo clavó”. Como Postman habría entrevisto, a la mitad de los estadounidenses le gusta Trump como presidente, un fenómeno que sólo sería posible en la era de la televisión.

Inspirado por Marshall McLuhan- ‘el medio es el mensaje’-, Postman ahonda en su libro en la brecha cognitiva entre la concentración y densidad de la lectura y la experiencia sensorial del informativo en la televisión: una sucesión de imágenes, brevemente comentadas, sin contexto ni historia, frecuentemente de tragedias, rematadas con unos minutos de publicidad que sentencian la intrascendencia de todo.

El planeta de Orwell repartido entre tres sistemas totalitarios no refleja nuestro tiempo, escribía Postman poco antes de que cayera el muro de Berlín y cuando China emprendía su peculiar senda con partido único y desarrollo capitalista. Según él, no es ‘1984’ sino ‘Un mundo feliz’ de Aldous Huxley la fantasía que corresponde con “la disminuida potencia de lo social y lo político” en la era del entretenimiento.

La reivindicación de su hijo y los artículos que le siguieron no han alterado las ventas. ‘1984’ era en el final de abril la tercera novela más vendida en Amazon y ‘Un mundo feliz’ no aparecía entre los cien libros más vendidos de ficción o ensayo. Lectores vengativos podían recordar que Postman también creía que el entonces incipiente ordenador era un aparato cuya importancia se sobrestimaba.

Contento

Si Orwell fue un desarraigado de la experiencia infantil entre las familias coloniales en India y de la sociedad inglesa en la que vivió, un hombre a quien en sus últimos años, cerca ya de la cincuentena, le preocupaba perder la inspiración de su rabia, el itinerario heterodoxo de Huxley, que incluyó el pacifismo, una impúdica imaginería sexual o la experimentación de las drogas, no lo apartó del ‘establishment’.

Su estirpe familiar cuenta en el XIX con un colaborador íntimo de Charles Darwin y se emparenta con el reformador de la educación Thomas Arnold; en el XX con un premio Nobel de medicina o con el diplomático Crispin Tickell, quien como embajador de Margaret Thatcher en la ONU incitó la creación del Panel Internacional sobre el Cambio Climático.

Combinando imaginación literaria y científica, la distopía de su mundo feliz- “comunidad, identidad, estabilidad”, como lema- es el éxito de la maquinaria para proveer lo que quiere a una sociedad en la que está prohibido no consumir y de la manipulación biológica y psicológica de los recién nacidos ‘in vitro’ para diseñar adultos satisfechos con su estrato social y sus tareas.

El sexo es promiscuo porque el amor es una atadura desconocida, la historia no existe en la cultura de la ‘hipnopedia’, una valla infranqueable protege tal estado de contento de la sinrazón salvaje del hispánico ‘Malpaís’, los malestares se curan con ‘soma’, droga tan buena que no deja resaca, y se muere sonriendo en habitaciones esterilizadas, con una pantalla emitiendo la semifinal de un torneo de tenis.

Huxley urdió su obra tras conocer en un viaje a Estados Unidos las factorías de Henry Ford. El gran patrón de la industria del automóvil postulaba un afán benigno para el avance de la producción en cadena. “Desperdiciamos tanto tiempo y energía en producir los medios para vivir que nos queda muy poco para disfrutar”, escribió en su autobiografía, ‘My Life and Work’”. Pero al erudito de la élite inglesa le horrorizó.

Huxley tenía 37 años en 1931. En la costa de la Provenza francesa, donde vivió con su mujer y su hijo, escribió en cuatro meses ‘Un mundo feliz’. Casi ciego, era hábil en la descripción de escenarios. Sus protagonistas, según Christopher Hitchens, “caen presa del tedio por la ausencia del reto y del drama”, no tienen “la oportunidad de sentir asombro o alienación”.

Si el ánimo de los rebeldes de Orwell es anulado por la más grotesca tortura y aceptan finalmente sin reserva la supremacía absoluta del Partido, los de Huxley se resignan al destierro en Islandia, donde la oligarquía del mundo feliz tiene un retiro para inadaptados, o reivindican el sufrimiento como derecho humano y se entregan a una orgía de autoflagelación penitente.

Fuente

Huxley escribió a Orwell tras la publicación de ‘1984’: “Creo que la pesadilla de su libro está destinada a modularse en la pesadilla de un mundo más parecido al que imaginé en ‘Un mundo feliz’”. En una carta a su biógrafo, Gordon Bowker, en 1943, Orwell decía del de Huxley que “esa civilización vulgar, completamente materialista y basada en el hedonismo es un peligro ya pasado”.

Neil Postman defendía el realismo de la imaginación de Huxley con el aval incontestable de que en 1984 el mundo tenía poco parecido al presentado por Orwell en 1949. ‘Un mundo feliz’ transcurre en el siglo octavo de la era Ford y a su autor, aunque tan interesado en la mística, lo mágico o lo paranormal, no debía atormentarle la comprobación de su hipótesis en una posteridad tan remota.

Las transiciones entre el tiempo de los autores y el futuro imaginado no disipan las dudas sobre su verosimilitud. En la Pista de Aterrizaje Uno de ‘1984’, que antes se llamó ‘Inglaterra o Britania’, cayó una bomba atómica- en Colchester-, hubo una revolución y una guerra civil, con una cronología similar a la de Rusia entre 1917 y 1922. Los razonamientos por analogía suelen despedir el aroma del error.

El narrador de la arcadia siniestra de Huxley cuenta que hubo una guerra de nueve años, que estalló en el 141 después de Ford, luego ‘el gran colapso económico’ y la elección entre Control Mundial o total destrucción. Parece un epílogo al fin del mundo que miembros de su linaje intelectual y familiar vaticinaron por el exceso de población o cambios del clima. Con remedios como la eugenesia para evitarlo.

Por el borde del precipicio entre la imaginación en letra impresa y una realidad vasta e inasible se puede regresar al punto de partida, Kellyanne Conway, que publicó en 2005 “What Women Really Want” (Qué quieren realmente las mujeres), un análisis de los resultados de dos grandes sondeos escrito con su colega y rival del Partido Demócrata, Celinda Lake.

Describen ambigüedades políticas, raciales, religiosas o sexuales fomentadas por esa mitad de la población con papel secundario en las fábulas de Orwell y Huxley y concluyen con un dato sin rasgos alternativos. El 72% de las encuestadas dio un 7 o más de un 7, entre 1 y 10, a esta proposición: ‘Nunca hubo un tiempo mejor para ser mujer en Estados Unidos’. ¿Es el adoctrinamiento de Orwell o la plácida sumisión de Huxley? ¿O es la confirmación de que la vida y la historia emborronan todas las fantasías construidas con los patrones de coherencia y totalidad de la novela?

Ambos autores bebieron también de la misma fuente, ‘Nosotros’, de Evgueni Zamiatin. Es el diario del investigador de la fórmula que ha de integrar el Cosmos en el terráqueo Estado Uno. Sus ciudadanos numerados- el papel de mujer fatal recae aquí en I-330- viven bajo una transparencia matemática, tutelados por el Benefactor después de que la Guerra de los Doscientos Años pusiera fin al primitivismo de la libertad.

Huxley fue profesor de francés de Orwell en la escuela de Eton. En esa lengua leyó este la traducción de ‘Nosotros’, prohibida en Rusia en 1920. Sugirió en su crítica a ‘Un mundo feliz’ tras su publicación, y lo expresó con claridad en sus cartas, que Huxley había plagiado a Zamiatin. Pero es acervo común de la crítica literaria que el propio Orwell también se inspiró en ‘Nosotros’ para escribir ‘1984’.

(Publicado en el suplemento ‘Territorios’, de El Correo)