Crónicas insulares

Gradientes póstumas

Ciudadano Clem

El socialismo, que en su evolución ha sido asociado a la religión y a la ciencia, ha producido actitudes favorables a la reforma social o a la revolución. Por sus orígenes y su historia ha sido una doctrina universal, que en consecuencia ha encontrado obstáculos cuando en la política práctica hubo de compaginarse con intereses nacionales, fuesen en el comercio o en la guerra.

Clement Attlee es quizás el líder socialista que más éxito tuvo en la política práctica en un país grande e industrializado. A sus gobiernos se deben la creación del sistema de seguridad social, el servicio público de salud, el desmantelamiento de un imperio mediante la autodeterminación de sus colonias, la nacionalización de la industria del carbón, de la electricidad, de los ferrocarriles. Pero es menos conocido en el mundo que revolucionarios como Stalin o Castro. Menos también que los reformistas Palme o Brandt.

La biografía que ha publicado John Bew, Citizen Clem, con gran éxito de crítica en tierra británica, probablemente no lo rescatará del olvido. Attlee era un hombre de vida y maneras modestas, apagado por el ruido y la furia de Winston Churchill, de quien fue viceprimer ministro en el gobierno nacional de la Segunda Guerra Mundial y al que batió en dos elecciones, se podría decir que en tres, de la posguerra.

Parco en gestos y palabras, a menudo monosilábico, cuando era miembro de la Cámara de los Lores, ya retirado de la primera fila de la política, un pasajero en el vagón de tercera clase que le llevaba a Londres desde su casa en la región vecina de Buckinghamshire le interpeló: “¿Le dicen a menudo que se parece a Attlee?” “Frecuentemente”, le respondió.

El impulso inicial fue religioso, aunque pronto dejó de creer en la existencia de dioses. Hijo de una familia próspera, abogado por sus estudios en Oxford, podría haber ganado mucho dinero en su profesión, pero se marchó a vivir al este de Londres, donde se implicó en la asistencia social. Descubrió el socialismo por el sentimiento, por su contacto con gente que no tenía ni la herencia ni la educación ni la ayuda que le permitiesen una vida no dictada por carencias y necesidad.

El primer gran dilema político y personal se le planteó entre el pacifismo o alistarse para batallar en la Primera Guerra Mundial. Fue herido en combate y sintió como una traición que el gobierno posterior no cumpliese el pacto implícito de mutuo apoyo con quienes habían sobrevivido a tal carnicería en nombre de su país.

El fin de aquella guerra y el fin de la siguiente marcan el ascenso del movimiento laborista en Reino Unido. Las guerras totales son los momentos transformadores de la política británica en el siglo XX. Tras la primera, Labour tuvo un grupo parlamentario que importaba en la gobernación. En 1945, logró por primera vez la mayoría de votos y formó gobierno en solitario.

Al patriotismo socialista de Attlee le inspiró la utopía poética de William Blake y la añoranza-proyección de William Morris por el mundo anterior a la industrialización. Ambos provenían del ‘no conformismo’ religioso. Pero Attlee había crecido en la Iglesia de Inglaterra, la establecida, la de la monarquía. Su patriotismo era también una creencia en que valores de la política británica- tolerancia, libertad política, derechos individuales, pragmatismo,…- representaban algo positivo en los dilemas del mundo. Por eso rechazó el pacifismo y el comunismo.

Dijo alguna vez que su gestión de la independencia de India y de su ingreso en una Commonwealth de naciones independientes era aquello de lo que se sentía más orgulloso. No podían defenderse esos valores británicos sin ser aplicados a los demás y quienes reivindicaban independencia en las colonias los exigían. Esa era la paradoja fructífera de la descolonización, en el juicio de Attlee, que ya había sido cautivado por los catorce principios del presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, enunciados en el final de la guerra en la que el británico batalló (Galípoli, Mesopotamia).

India pudo lograr su independencia a cambio de ser descuartizada, escribió Christopher Hitchens. Y la sangre vertida desde entonces en aquellas fronteras hace minúscula la causada por la partición de Palestina, en la que la responsabilidad de un Attlee desbordado por el ímpetu americano, el trauma judío tras el Holocausto y los sectarismos locales fue menor.

Su ‘welfare estate’, que oscilando entre caridad y regocijo hemos traducido a menudo como estado-providencia o como estado del bienestar, está también en cuestión cuando al aparente agotamiento del crecimiento económico en el Occidente desarrollado le acompaña la música celeste de teorías económicas construidas sobre una matemática ideal. Es también una característica frecuente de los líderes socialistas que no tengan, como no tenía Attlee, un buen entendimiento de los mecanismos de la gestión de la economía y de la moneda.

Attlee queda como ejemplo de un gran gestor de la política socialista, socialdemócrata diríamos hoy. Su apoyo esencial procedió de los sindicatos, más empeñados en los avances materiales de sus representados que en el radicalismo de los intelectuales burgueses o de los políticos populistas.

John Bew concluye su gran biografía con un fragmento de Tom, el hermano objetor de conciencia en la guerra del 14-18, la guerra que yo prefiero, en los versos de George Brassens. ‘Quién nos iba a decir que veríamos en nuestro tiempo la Tierra Prometida’, escribió Tom con orgullo sobre la tarea de su hermano. Porque no ha existido ni existe tal tierra ni nadie avala la promesa, la lectura de este espléndido tomo nos congracia al menos con el político que se aplica metódicamente, con honestidad y agudo sentido de la realidad sobre el poder y la sociedad en la consecución de objetivos presentes basados en los principios que ha adoptado.

John Bew, Citizen Clem, riverrun.